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Pluma y Oído
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Viernes -02/01/2009
Matrícula condicional
Por: Luis Guerrero
| :: ESCUCHE PLUMA Y OÍDO |
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Me contaba hacen unos días un grupo de padres de familia cuyos niños están en la primaria, que varios de sus hijos terminaron el año escolar con matrícula condicional. Es decir, bajo la amenaza de expulsión si no enmiendan su comportamiento. Si ustedes conocieran a estos muchachos se sorprenderían. Les costaría mucho trabajo tratar de descubrir al vándalo incorregible que se esconde detrás de su gestos afectuosos y amables, de su entusiasmo, de su curiosidad, de su sociabilidad, de su capacidad expresiva y sus deseos de comunicación. Niños cuyos padres se han preocupado continuamente y en la medida de sus posibilidades, por darles oportunidades adicionales a las que la escuela les ofrece, con el mejor interés de ayudarlos en su formación.
Tanto potencial reunido debería ser maravilloso para un profesor que podría quejarse más bien de un aula apática, llena de niños sin las habilidades necesarias para aprender lo que les corresponde en el grado, como puede ser el caso de una gran cantidad de escuelas públicas en el país y que exige de los maestros esfuerzos adicionales. ¿Por qué entonces la matrícula condicional? ¿Qué hay en estos niños que al maestro le parezca tan grave e inaceptable que le lleve a poner sobre sus cabezas la terrible espada de Damocles?
La respuesta no es un misterio. Muchos maestros, aún en escuelas privadas que los rodean de las mejores condiciones para educar con eficacia, están hechos para enseñar las mismas cosas de una sola manera. Si lo que ofrecen está por debajo del interés y las posibilidades de sus alumnos, éstos mirarán para otra parte, creando por su cuenta situaciones que les resulten más gratas o retadoras. Así estamos hechos los seres humanos. Esto, comprenderán, enojará al profesor, pero no se le cruzará por la mente la posibilidad de ofrecer a los niños más hábiles oportunidades distintas. La clase es una sola.
Peor aún, si la seguridad personal y las habilidades comunicativas de sus estudiantes les permiten responder de manera directa y sincera a algunas expresiones desafortunadas del profesor, su irritación llegará a sus límites. Como vivimos tiempos en que a los niños no se puede cortarles la cabeza, al menos amenazará con hacerlo y convencerá al director que les condicionen la matrícula del siguiente año a que aprendan a cerrar la boca y obedecer sin protestar las órdenes del profesor. Santo remedio.
¿Saben que es lo más penoso de esta situación? Pues que muchos padres, que no tienen el ojo entrenado para distinguir la buena de la mala enseñanza, creen sinceramente en las quejas del profesor y se convencen de que sus hijos son los inadecuados. Y los regañan, los castigan o los envían al psicólogo y los llenan de advertencias para que corrijan su conducta supuestamente desviada. Mientras tanto, el profesor se preparará tranquilamente a repetir el 2009 las mismas clases del 2008, usando los mismos recursos, los mismos ejemplos, las mismas frases, no importa si entusiasman o desalientan a su auditorio, pues sabe que a los inconformes, que pueden ser los más hábiles, les condicionará la matrícula y listo, tendrá a sus padres de aliados en contra de sus desconcertados hijos. Señores padres de familia, por favor despierten. Hasta pronto y feliz Año Nuevo.
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Educador, licenciado en la PUCP, con estudios de Filosofía, un postgrado en Terapia Familiar Sistémica en IFASIL y estudios de maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Miembro del equipo asesor del Consejo Nacional de Educación; profesor principal de la Escuela de Directores y Gestión Educativa, de IPAE; miembro del Comité Directivo de la asociación civil Foro Educativo, de la que es socio fundador.
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